Si la vida es sueño, ¿la muerte es el despertar?


Si la vida es sueño, ¿la muerte es el despertar?




Dejemos de lado la interpretación psicoanalítica de los sueños. ¿Qué nos queda?

Nuestra experiencia personal.

¿Y qué nos indica esa experiencia?

Que todos, absolutamente todos, compartimos algo sumamente inquietante en relación a los sueños:

Todo parece real cuando soñamos, no importa cuán extravagante sea el escenario o imposibles los personajes que lo pueblan: mientras soñamos vivimos esa realidad con absoluta normalidad, sin sentir en ningún momento que algo anda mal... hasta que despertamos.

Entonces, con cierto estupor, nos preguntamos por qué en ningún momento del sueño nos dimos cuenta de que claramente estábamos experimentando una situación absurda, ridícula, cuando no directamente imposible.

¿Por qué no nos dimos cuenta que estábamos soñando?

Alguien podrá decir que también existen los sueños lúcidos, es decir, sueños en los que el soñador se da cuenta de que está soñando, pero convengamos que esto es algo que ocurre con muy poca frecuencia.

Lo cierto es que vivimos la mayoría de nuestros sueños de manera totalmente realista, experimentado emociones de todo tipo, como placer, miedo o tristeza, con la misma intensidad que lo hacemos en esta realidad.

Por costumbre, quizás, nos gusta pensar que hay una sola realidad: ésta, en la que estamos despiertos, de la cual nos desconectamos unas horas al ir a dormir; siendo los sueños una especie de plano alternativo, una fantasía, que solo puede existir mientras estamos dormidos.

¿Pero acaso no podríamos decir lo mismo acerca de esta realidad?

¿Acaso la realidad en la que vivimos despiertos no es también un sueño dentro de otro sueño?

Pensemos lo siguiente:

De la misma forma en que, al despertar, dejamos atrás la realidad del sueño, y advertimos lo extraño, lo placentero o lo terrorífico que ha sido, ¿al morir no sentiremos lo mismo acerca de esta realidad?

Quiero decir: si la vida es sueño, ¿la muerte no sería el despertar?

Quizás al morir descubriremos que también esta realidad, en la que estamos despiertos, estuvo repleta de cuestiones absurdas, fuera de toda lógica, que no podíamos advertir precisamente porque estábamos inmersos en ella.

Porque de la misma forma en la que al soñar no podemos darnos cuenta que estamos soñando, cuando nos encontramos inmersos en la vida real tampoco podemos notar que algo raro ocurre.

No obstante, la similitud entre lo que sentimos en los sueños y nuestra realidad objetiva va todavía más lejos.

Como decíamos anteriormente, en ciertas ocasiones podemos darnos cuenta de que estamos soñando. No es frecuente, pero ocurre. Lo mismo sucede en la vida: en determinadas circunstancias, estando totalmente despiertos y en posesión de nuestras facultades cognitivas, sentimos que algo anda horriblemente mal con el mundo que nos rodea.

No podemos precisar exactamente qué es, pero existe. Está ahí, algo anda mal, espantosamente mal, pero la sensación es como un relámpago, un destello, que nos atraviesa durante un instante, y luego desaparece.

Todos hemos experimentado esta sensación de irrealidad, de absurdo, incluso de ridículo, en la vida real, como si algo no estuviese del todo bien. Estos breves episodios, como los deja vu, podrían ser análogos a las sensaciones de alguien que sueña y, de repente, entiende que está soñando.

Frente a esto puede suceder que el Yo que sueña sepa, de algún modo, que está soñando, durante ese instante fugaz pero arrebatador, y, sin embargo, decida continuar en el sueño.

Incluso puede ocurrir que seamos nosotros, los que sueñan, los que frente a un despertar momentáneo nos apresuremos a seguir durmiendo con la esperanza de regresar a ese sueño en particular.

No podemos acusar de cobarde a nuestro Yo soñador por desear seguir dentro del sueño. ¿Acaso nosotros no haríamos cualquier cosa, dentro de lo razonable, para continuar viviendo?

En resumen:

Al despertar abandonamos la realidad de los sueños, y recién entonces notamos que ésta era completamente irreal.

Y al morir, quizá, también nos demos cuenta de que esta realidad, que juzgamos objetiva, era tan irreal como la de los sueños.

Frente a esto surgen algunas inquietudes:

¿Qué le ocurre a nuestro Yo en el sueño cuando despertamos?

¿Desaparece por completo?

¿Es barrido hacia un estado de no existencia?

¿O bien es reabsorbido de vuelta por la consciencia que lo soñó?

¿Y qué ocurre con nuestro Yo en la vida real al morir? ¿Desapareceremos inevitablemente? ¿Seremos lanzados al olvido? ¿O también seremos reabsorbidos por un nivel de consciencia más alto?

Después de todo, quizá nuestra muerte sea simplemente el despertar de esa otra consciencia que nos ha estado soñando.

Tal vez esa consciencia sienta lo mismo que sentimos nosotros al despertar: que el sueño que acabamos de tener fue extremadamente raro e irreal.

Todos hemos soñado alguna vez con volar. La sensación es muy agradable, por cierto, y al despertar nos asombramos de que haya sido tan intensa; pero desde luego sabemos que fue solo un sueño, es decir, algo que no es real después de todo.

Quizás, después de morir, esa otra consciencia piense lo mismo acerca de nuestra realidad. Fue intensa, sin dudas, pero qué irreal aquello de tener un cuerpo físico, de caminar, de andar de un lado a otro con preocupaciones insensatas.

Si la vida es un sueño, una ilusión pasajera, una simulación muy convincente, entonces la muerte podría ser simplemente un despertar.

Y así como el Yo soñado no tiene idea de está siendo soñado, y mucho menos de que su propia realidad es, al menos, ilusoria, tampoco nosotros podemos advertir que estamos siendo soñados.

Tenemos miedo de morir, eso sí, ¿pero quién nos asegura de que el Yo soñado no sienta lo mismo?

De hecho, no podemos saber cómo empieza o termina un sueño; del mismo modo que no recordamos nuestro nacimiento y ciertamente no hay un mañana para recordar nuestra muerte.

Es probable que al morir, tras el despertar de esta realidad, de este sueño, un Yo mucho más consciente sienta exactamente lo mismo que sentimos nosotros cuando despertamos de un sueño. Dependiendo de lo agradable u horrible que haya sido, le dedicaremos algunos instantes de reflexión, y no mucho más.

O peor aún: así como muchas veces ni siquiera podemos recordar nuestros sueños, tal vez la consciencia que nos sueña no nos reserve ningún lugar privilegiado en su memoria.

Porque si la vida es sueño, y la muerte el despertar de esa consciencia que nos ha soñado, nada nos asegura que seremos recordados, ni siquiera como un mal sueño.

Vidas de excesos, de desbordes, acaso perseveren en la memoria del soñador como fatuos sueños eróticos. Vidas dramáticas, atravesadas por pérdidas y tragedias, tal vez se inscriban en un amplio catálogo de pesadillas. Pero las vidas grises, chatas, excesivamente estables, que dentro de este sueño de la realidad son la desabrida ambición de la mayoría, probablemente no merezcan permanecer en la memoria del soñador.

Para finalizar compartimos una versión infinitamente más elegante de estas reflexiones de la mano del poeta John KeatsSobre la muerte (On Death)—, quien se ocupó con auténtica maestría de la posibilidad de que nuestra realidad sea apenas un sueño, y la muerte, un despertar.



¿Puede la muerte dormir, cuando la vida no es más que un sueño,
y las escenas de la dicha pasan como un fantasma?
Los efímeros placeres se asemejan a visiones,
y aún creemos que el dolor más grande es morir.

Cuán extraño es que el hombre sobre la tierra deba errar,
y llevar una vida de tristeza, pero no abandone
su escabroso sendero, ni se atreva a contemplar solo
su destino funesto, que no es sino despertar.




Diccionario de sueños. I Lado oscuro de la psicología.


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